Los Barclay, magnates inmobiliarios en Londres desde los años 60, redujeron drásticamente los gastos -adiós sueños dorados de tantos plumillas…-, pese a lo cual se dejaron millones de libras en el empeño de rentabilizar una publicación híbrida y sin audiencia lectora natural en ningún lugar de Europa, y acabaron cerrándola. La magna obra ha recibido una crítica bastante templada en la prensa británica.Esta semana también en ese frente ha saltado la polémica: a Black se le acusa de utilizar para su obra los documentos que Hollinger compró por ocho millones de dólares a los herederos de la secretaria del ex presidente. Demasiado bello para durar… En efecto, lo fue. Pues bien, los mismos Barclay acaban de hacerse con el imperio de otro editor manirroto -por llamarle algo-, Conrad Black, por una cantidad de millones enorme, teniendo en cuenta las trampas que se le conocen y las que se le sospechan.¿Sacarán a flote el tinglado, o acabará todo, o parte de él, como The European? Pero el problema no ha estado tanto en el gusto de la pareja por el despilfarro como en que buena parte del dinero para sufragar ese tren de vida, comparable sólo al del Ciudadano Kane, procedía de las arcas de Hollinger.De ellas también salieron los 260.000 dólares que percibía al año Amiel por sus incendiarias columnas en el Chicago Sun-Times y los 12 millones que costaron los documentos que necesitó Black para escribir las 1.250 páginas de su recientemente publicada biografía de Roosevelt.El escándalo se desató en noviembre, cuando un inversor exigió explicaciones acerca de una extraña partida de 300 millones de dólares que había salido de Hollinger. Ahora tiene muchos problemas. "Writing about the pardon in the National Post, Lord Black said Mr Trump had called him last week to deliver the news. Entre ellos, el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger y el hasta hace muy poco asesor de Bush en materia de Defensa, Richard Perle.La presencia de estos dos destacados miembros del ala ultraconservadora del partido Republicano en el consejo de Hollinger apunta a una de las facetas menos conocidas de la vida de Black. Adora los periódicos, pero no así a los periodistas. Partiendo del dueño de uno de los grupos de prensa más grandes del mundo, el veredicto resulta, como mínimo, insólito.Pero es que Conrad Black, de 59 años, no es un magnate mediático cualquiera. Multitudinarias cenas en el carísimo Le Cirque de Manhattan y dos jets privados han sido parte de la rutina de este hombre cuyo complejo napoleónico tiene una vertiente inquietantemente real. El diario está en venta y a punto de caer en manos de los excéntricos hermanos Barclay, que han convulsionado a la clase política británica sugiriendoque podrían dar un vuelco a su línea editorial a favor del laborismo. Pero el glamour, el poder… Eso atrae más que la inversión en semiconductores a ciertas personalidades.
A los 25 años ya escribió sobre ellos: «Son ignorantes, perezosos e intelectualmente deshonestos».Hasta hoy día no ha cambiado de opinión.Casado con la famosa columnista Barbara Amiel, una mujer tan conservadora como él y que antes de trabajar para el Telegraph lo hizo para la competencia, el magnate Rupert Murdoch, Lord Black es también escritor.
Además de su autobiografía, acaba de publicar un volumen sobre Franklin Delano Roosevelt. Y no lo dudó: vendió sus activos en Canadá y renunció a su patria natal.El 31 de octubre de 2001, engalanado con un manto rojo adornado con ribetes de piel y del brazo de su adorada Margaret Thatcher, fue nombrado Barón Black de Crossharbour.Lo cierto es que en una cultura como la canadiense, que valora muy especialmente la modestia, el consenso y la justicia social, era difícil que encajaran la arrogancia, la grandilocuencia y el gusto por la opulencia que desde la infancia han caracterizado a Black.
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Muy conservadores, amigos de Margaret Thatcher, pero sin la menor intromisión en la línea editorial de su, hasta ahora, único gran periódico: el escocés The Scotsman.